El repasico

ElrepasicoINTRODUCCIÓN

——Nuestros amigos de muchos años y viejas batallas en la Ciudad Sanitaria Virgen de la Arrixaca decidieron que debíamos juntarnos una noche para refrescar nuestra amistad y celebrar mi jubilación y la de mi esposa. Idea y deseo que todos aplaudimos. Tras algún intento fallido logramos reunirnos el uno de abril en el mesón el Figón de Alfaro de Murcia.
——En tal evento, en agradecimiento, elaboré un librito, del que edité 50 ejemplares, repartiéndolos a los asistentes a la cena.
——En esta presentación omito circunstancias de cena, regalos y un sin fin de atenciones, que me hicieron feliz. Sólo recojo esta tierna, breve y densa creación, que recoge mis diálogos allí y aquella misma noche con Antonio Hernández, -oficialmente Antonio Hernández, para nosotros entrañablemente Antonio el cura-, cuya sombra, perdón, cuya alma colmenera, revoloteaba en las flores de nata de nuestros corazones. Con su peculiar lenguaje nos hizo un cariñoso repasico a cada uno de nosotros. Gracias  de  nuevo, Antonio.

Murcia, febrero de 2010
César Herrero Hernansanz

EL REPASICO (fragmento)

– Sé que me sientes, maestro.
– ¿Ahora ya me ves?
– Sí, Antonio. Te veo, aunque con una percepción algo borrosa.
– Acércate y sentémonos a la vera del brazal.
– No veo ningún brazal, Antonio.
– ¿De verdad que no sientes su gratificante frescura y apacibilidad?
– Pues ahora que lo dices empiezo a sentir una gran satisfacción de estar aquí. Incluso veo el brazal.
– Maestro, vaya cena tan graciosa, ¿no?
– Muy graciosa, Antonio. Volvería a cenar de nuevo.
– Me han dado el pego esos palitos de berenjena rebozada. Pensaba que eran patas fritas y he estado a punto de pedir un plato.
– ¿Es que ibas a cenar con nosotros, cura?
– Os estoy acompañando. En cualquier caso hubiera pedido un par de huevos fritos y patatas.
– ¿Y de segundo, Antonio? ¿Otro par de huevos fritos con patatas?
– Zamarro piojoso, no seas provocador.
– Anda, que me estás poniendo bueno. Tú siempre con tus apelativos cariñosos. Antonio …
– Tú dirás, maestrucho.
– Antonio, ¿eres hombre o ángel?
– Soy ángel, trompa chota.
– Es que no te imagino con alas. Eras un poco vasto para volar, ¿no?
– Aquí nos sobran las alas. Son imaginación vuestra.
– Oye, cura, ya que estamos metidos en harina, siempre he tenido una duda. En tu venida acá, ¿nadaste a favor de corriente?
– No, César, ni a favor, ni en contra. Simplemente me dejé llevar por la corriente. Pero tengo la impresión de que todas las criaturas se confabularon para facilitar y colaborar en mi tránsito. Por otra parte, los dos sabemos que iba ligero de equipaje.
– Cierto, Antonio. Y tus amarras a este mundo eran inconsistentes, ¿no?
– Pues ya ves. Además, ¡era tan gratificante salir del túnel e ir acercándome a la Luz!
– Claro.
– ¿Quién no se deja llevar?
– La verdad es que yo hubiera hecho lo mismo, Antonio.
– ¿Te acuerdas de la gente que ha venido a la cena?
– ¡Cómo no me voy a acordar, zamarro! Escucha, si están …

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