Bajo el signo del destino

bINTRODUCCIÓN

——A la hora de escribir estas líneas tengo claras dos cosas: una, las tremendas dudas sobre desenterrar a Don Quijote y otra, que percibo a nuestro mundo excesivamente materializado y muy necesitado, por tanto, de utopía.
——Me sabe mal desenterrar a Don Quijote porque Miguel de Cervantes dice bien claro que lo deja enterrado para que no lo plagien. Pero han transcurrido casi cuatrocientos años desde la publicación de aquél y a mí, que no pretendo, ni puedo, ni quiero hacer sombra a nadie, me parece oportuno despertarlo del sueño de los justos y que viva en nuestros tiempos, que lo necesitan como agua en mayo.
——Quizás me hubiera sido más fácil utilizar otra vía con personajes de nueva creación y actuales, pero tratándose del binomio materialismo-utopía me parece una balandronada no ofrecérselo a Don Quijote y Sancho Panza. Si a Don Quijote le privase de esta aventura, imaginaos el rapapolvos que me largaría.
——Os confieso que me asalta la idea de que voy a encarnar a Don Quijote al emprender tamaña aventura. O si preferís, en términos sanchopanzistas, que voy a hacer el quijote. Como dice Cervantes, con mi pan me lo coma. Y yo añado, que me aproveche y os guste y aproveche.
——¿Qué sería de nuestro mundo sin amor, sin generosidad, sin bondad, sin honestidad, sin nobleza, sin solidaridad, sin justicia, sin libertad, sin … y sin las personas que sufriendo su mezquina realidad, piensan, quieren y apuestan por forzarlas en su plenitud? ¿Qué sería de nuestro mundo sin la utopía? La genialidad suele llegar entre los polvos de la locura. Lo que a los ojos de muchos puede parecer una locura, un imposible, a otros está claro y es posible.
——Por tanto, pido disculpas a Cervantes por desenterrar a su Don Quijote y no pretendo ensombrecer lo más mínimo la gloria de su creación. Es más, le debemos agradecer generosamente ésta y su extraordinaria aportación al castellano. El padre de la criatura es Cervantes, pero hoy Don Quijote es universal y de todos los tiempos.
——Me conformo con haceros llegar mi mensaje sin otras pretensiones, pues mi pluma es humilde y no da para más.

Murcia, verano de 1995
César Herrero Hernansanz

VI.   La   fiesta (fragmento)

… los trabajadores del mesón y sus colegas … organizaron partido de fútbol por la tarde y baile al anochecer. Naturalmente, las estrellas serían Don Quijote y Sancho Panza.
——Este último no dudó un momento en enrolarse a todo tan pronto olfateó el jolgorio y que no faltarían la sangría, la meona o el tinto de verano acompañando a morcillas, chorizo, jamón, queso y otros bocados, todos ellos santos de su devoción. No le seducía mucho dar patadas a la pelota y menos tocar el esférico  con la cabeza, pero le arrastraba el gusanillo de la juerga, pensando que, si equivocaba la patada en la espinilla o el trasero de algún contrario, más bien con alguna intención que inocentemente, las que fueran por las que vinieron, que para eso en tiempos pasados él se llevó todos los palos. Además, quién sabe, si cuando le concedieran el gobierno de la ínsula, tendría que organizar y practicar partidos de fútbol o bailes. Por otra parte, tenía ganas de probarse en los movimientos de los bailes modernos y, aunque sólo fuera por trompicón o equivocación, arrimarse a alguna moza, claro está, guardando a su Guti, pero sintiendo de cerca el cálido palpitar de sus carnes. Santi le ponía a parir en la cocina. Le parecía a Sancho, aunque no fuera así exactamente, que cada día le menguaban la faldita y los escotes. Con la complicidad de Juan, se agachaba unas veces de frente guiñando un ojo a Sancho y otras de espaldas guiñándoselo a Juan, provocando las miradas desorbitadas de aquél.
——A Don Quijote no le iban demasiado semejantes juergas y acontecimientos. Prefería pasear hasta el cabezo contemplando los molinos de viento aún bajo el estigma del encantamiento y deleitarse con el castillo de Belmonte, que, aunque a distancia, se divisaba perfectamente, llenando su calenturiento juicio de no igualadas aventuras.
——Los colegas de Don Quijote en el mesón venían tramando desde una decena de días cómo forzarle a jugar al fútbol y bailar, guiándoles una mezcla explosiva de envidia y venganza por verse desplazados y casi anulados por aquél. Sabiendo de antemano que contarían con su negativa, recurrieron a Paco, que con vaselina le sabía mover y convencer, y a organizar en el pueblo una peña autoproclamada “Don Quijote.” No dejaron al azar ni el aire, que se respirara, preparando a Sancho un traje tirolés  y otro torero a Don Quijote, eligieron el conjunto musical, que amenizara el baile, el cual estaría compinchado por señas con Nazario, las piezas, el momento y las mozas de cada pareja. Santi se emparejaría con Sancho y Marcelina, alias La Pepona, la única mujer en Mota, que, además de  tractorista, cuidaba ella sola de dos cebaderos de cerdos, una treintañera alta, rubia, de ciento veinte kilos y menos agraciada que el culo de una mona, sería Dulcinea. El alias de Pepona no se sabe bien de dónde le venía, si por ser hija de Pepe, el aceitero, o por el volumen de su tetamen, el cual dejaba en paños menores a la mejor delantera o porque era de las de palabra en boca, coz a la lengua. Quizás de todo un poco. Lo único, que no podían atar, y era mucho, serían las reacciones imprevistas de Don Quijote, que salvo Paco, nadie sabía conducir con suavidad y elegancia.

——A las cinco de la tarde fueron presentándose los camareros con los pantalones y camisetas para ambos. Habían decidido que Don Quijote, alto y ágil, jugara de delantero centro, asignándole el dorsal nueve y Sancho, de complexión baja y tonelera, y por tanto más torpe en sus movimientos, de defensa central con el dorsal tres. Este aceptó de inmediato la invitación a jugar, pero Don Quijote se negó, argumentando:
– Un caballero no es hombre de patadas a la pelota, ni de la patada en la puerta, es hombre de ideas, no de forzar, sino de convencer.
——Los camareros, sintiéndose desahuciados por la salida filosofal de Don Quijote y viendo que el tiempo se les echaba encima, recurrieron en tromba a sus argumentos:
– Paco, Don Quijote es un aguafiestas.
– Está bien, exclamó Paco, templando suave con la izquierda. Yo en estos asuntos soy músico y por tanto no quiero intervenir. A Don Quijote le asiste la razón y sinceramente estoy de su parte. ¿Qué aliciente tiene dar patadas a un balón? Hombre, si se mira desde el punto de vista de la camaradería y de la amistad colaborando en la fiesta y en el juego, pues, la verdad, tiene su parte positiva. De todos modos a un caballero no se le puede obligar, siendo la decisión completamente suya.
——Al mismo tiempo que hablaba, hacía señas a la peña para que se arrancara gritando. Y la peña emergió de la tierra al instante con tres sábanas en  pancartas vociferando sus consignas escritas:
– “Aupa Don Quijote, Ra, Ra, Ra”.
– “Con Don Quijote vamos a ganar, Ra, Ra, Ra”.
– “El nueve en Don Quijote, el partido en el bote, Ra, Ra, Ra”.
Con regocijo de los presentes, a Don Quijote le empezaron a hacer chiribitas los ojos y los encantamientos a marear su juicio, dirigiéndose a todos en tono paternalista:
– Si bien es verdad que el fútbol consiste en dar patadas a un balón, no es menos cierto que de alguna manera se asemeja al ajedrez, el juego por excelencia de los caballeros, que antiguamente se representaba con personas. Están en juego la solidaridad apoyando a los  compañeros, la inteligencia haciendo movimientos, repartiendo el juego, atacando y defendiendo, regateando  y buscando el hueco y la destreza rematando con precisión lejos del portero. Dar patadas a un balón es el precio a pagar por preservar  “mens sana in corpore sano”, pues además de mantener el vigor físico es una excelente válvula de escape de pasiones y emociones. Contad conmigo, que a este juego un caballero no se puede negar.

——Sancho quedaba aún más rebajado por la estatura de sus compañeros de equipo. Las perneras del calzón le tapaban las medias por debajo de la rodilla y, cuando en alguna ocasión se le subían, se las estiraba con el fin de taparse las pantorrillas en un reflejo púdico. Don Quijote, que por su altura sobresalía entre todos los jugadores, parecía una cigüeña a dieta. Sus piernas emergían del suelo como dos zancos, con la única variación nudosa de sus rodillas, su calzón blanco parecía un braguero y la melena le caía por el rostro a lo Zamorano.
——A las cinco y media comenzó el partido. Las peñas se desgañitaban gritando sus consignas y el público huérfano de peña animaba a Don Quijote y Sancho cuando entraban en jugada. A los diecinueve minutos, Don Quijote recibe un pase de Antolín y tropezando y empujando más con la intención que con el pie logra rematar el balón a trompicones, tirándose el portero al lado contrario, como estaba previsto, marcando el primer gol. Todo eran felicitaciones y abrazos de sus compañeros a Don Quijote llegándole, asimismo, el frenesí delirante del público. De esta guisa metió Don Quijote otros dos goles.
——Atrás, Sancho hacía lo que podía, que no era otra cosa que resoplar y probar las espinillas de los contrarios porque siempre llegaba tarde al balón, cayendo intencionadamente con su volumen en una ocasión sobre Isidoro, el dorsal siete del equipo contrario, que marcó el gol del honor para los del pueblo.
——Quedando media hora de partido, Nazario pasó al equipo contrario la consigna de sacudir estopa y en breves instantes Don Quijote apareció como un ecce homo. No levantaba cabeza. Se erguía después de un golpe e inmediatamente venían uno o varios contrarios, que le derribaban metiéndole los puños en el estómago o los codos en los riñones, o al poco, de un empujón le tumbaban, o las más de las veces, le segaban con sus botas los finos palitroques de sus piernas. Entre el público sobrevino la confusión porque no todos conocían el plan. Se oían, sobrepuestos, gritos para todos los gustos:
– Coño, saca ya la guadaña.
– Aupa, Don Quijote.
– ¿No te da vergüenza?, con ése ya podrás.
– Venga, Sancho, mete carga y a la espinilla.
– Así no, que le vas a joder los huesos.
– Hijoputa, le vas a liquidar. La guadaña te la pasaba yo por los …
——Don Quijote y Sancho, en razón de sus respectivas funciones en el equipo y, a decir verdad, de la escasa movilidad del último, no cruzaron palabra hasta el momento de la ensalada de golpes, todos las cuales iban certificadas para Don Quijote. Sancho, aun resistiéndose su escarmentado cuerpo, no fuera que el cartero por equivocación le llevase alguno, subió a ayudarle, gritándole:
– Don Quijote, huyamos que estos salvajes no le van a dejar hueso sano.
– Calla, Sancho, le increpó Don Quijote, si tienes miedo huye, que yo me enfrentaré solo a esta canalla.
– Don Quijote, que no son ninguna canalla, que son los jugadores del equipo del pueblo, que le van a moler a golpes los huesos.
– Advierte, Sancho, que son encantadores que me persiguen por envidia a Don Quijote, queriendo arrebatarnos la victoria de este encuentro, anulando las virtudes del deporte y convirtiendo a los jugadores en una selva de pasiones, tornándolos sucesivamente en jugadores y en salvaje y vil canalla. ¿O es que has olvidado el encantamiento de los gigantes en molinos de viento, que aún tienes a la vista?
——A mí,  salvaje e vil canalla, que os daré vuestro merecido. Mi señora Dulcinea, acorredme en este trance para mayor gloria de este esclavo y vuestra.
——No hubo terminado de hablar cuando le llegaron un aluvión de golpes, que si no fuera por el colchón, que le ofreció el cuerpo de Sancho, aún estarían recogiendo sus huesos por el campo.
——El alcalde y el sargento de la Guardia Civil, que estaban uno de otro a ocho o diez metros de distancia, a pesar de no llevarse bien  por problemas de competencias, se cruzaron la mirada comunicándose mutuamente que en un momento la tormenta había encapotado el limpio cielo de la tarde, amenazando con rayos, truenos y pedrisco. En este momento, faltando doce minutos para terminar el partido, el alcalde hizo señas al árbitro cruzando las manos un par de veces y éste dio por finalizado el encuentro sin que el público, con los ánimos encrespados, advirtiese la orden del alcalde, ni el tiempo que faltaba.

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